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Jardín Herido << Volver

En una pesadilla, veo tres mujeres caminando –una joven, otra de mediana edad y otra anciana–, en un jardín de esculturas donde, incomprensiblemente, hay una fiesta de multitudes, con bailes, luces, queques, candelas y candelitas, celebrando los quince años de una señorita. Son ellas las “Tres mujeres caminando” de Francisco Zúñiga, a las que si hoy nos acercamos, no sería raro ver en sus ojos el asombro y el dolor. Tal vez aún se transluzca en ellos la huella de alguna lágrima.

 

Esto sucedió en el Museo de Arte Costarricense. Hagamos un poco de historia (pues en este país casi no la hay o no la hay del todo). En 1998, al asumir la Dirección del Museo de Arte Costarricense, uno de los primeros pasos al que nos abocamos quienes en ese momento trabajábamos –Junta Administrativa, Dirección, equipo técnico y personal–, fue el rescate del espacio oeste del Museo. Conscientes de que las gestiones que al respecto había comenzado Eduardo Fait no habían llegado a buen término por razones de interpretación de la ley, decidimos retomar el asunto e iniciar un nuevo proceso. Como se recordará, el lugar era un espacio sucio, dormitorio de indigentes, testigo de todo tipo de desmanes, que ofrecía cada mañana una apariencia vergonzosa.

Gracias al esfuerzo de Ricardo Méndez Alfaro, subdirector de la institución, el propósito llegó a buen término, y el Museo fue finalmente dueño de ese espacio. Celebramos lo acontecido y la Dirección y la Junta Administrativa, con un ideal compartido, concretan la idea de construir, en ese momento, el primer jardín de esculturas de la región centroamericana.

Es entonces cuando se hace presente el incondicional apoyo de la Asociación de Amigos del Museo de Arte (Amarte), bajo la presidencia de Margarita Herdocia. Sin la conjunción de los ideales de tres instancias: la Junta Administrativa, la Dirección y Amarte, el proyecto no hubiera llegado a feliz término. Esta asociación consiguió que Jorge Jiménez Deredia obsequiara la totalidad del diseño del jardín. Con el compromiso de hacerlo crecer, luego se adquirieron y también por medio de donaciones, esculturas de Crisanto Badilla, José Sancho y, la pieza más valiosa y simbólica que tiene el Museo, las “Tres mujeres caminando”, de Francisco Zúñiga, un significativos esfuerzo que concretaron en México, Margarita Herdocia y Carlos Valverde. Algún día se escribirá –con más detalles– la historia de este proyecto que, reitero, no hubiera sido posible sin el apoyo de Amarte.

Sin embargo, vale mencionar que el jardín, durante la gestión de otros directores, por razones técnicas y en otros momentos por razones de museografía, cambió su diseño original. Han sido cambios que no han tocado, por decirlo de alguna manera, el “espíritu” del jardín; han obedecido a propósitos que están dentro de las opciones que los directores asumen en su gestión.

Se ha hablado mucho del jardín, unos bien otros menos bien, otros mal. Esa es su historia, como la de muchos espacios culturales. Pero la idea primigenia de ser un jardín para el escultor costarricense, aún está viva.

Sin embargo, hoy el jardín está herido, con una herida que es necesario sanar. Es una herida a su “persona”, a sus ideales y a sus objetivos. Podemos estar hablando de un atropello a su razón de ser. Es inusitado e incomprensible lo que sucedió. Difícil de tragar y, especialmente doloroso para los escultores, quienes, a fin de cuentas, deberían ser los dueños de ese espacio. Es el momento de recuperar tanto el sentido del MAC, como el de su jardín, hábitat natural para las obras escultóricas.

Mientras tanto, aún se siente el dolor de tres mujeres de bronce caminado en una pesadilla de fiesta con bombos y platillos.


Link: http://www.nacion.com/2012-06-18/Opinion/un-jardin-herido.aspx